En el discurso global, los activos tokenizados suelen presentarse como una evolución natural del sistema financiero. Menos intermediarios, mayor transparencia, eficiencia operativa y acceso a una base más amplia de inversionistas son algunos de los beneficios más citados. No obstante, la pregunta clave aparece cuando el inversionista debe tomar una decisión concreta: ¿por qué colocar su dinero en un activo tokenizado y no en un instrumento tradicional que ya conoce?
El Salvador ha avanzado rápidamente en la construcción de un marco regulatorio para este nuevo mercado. Bajo la Ley de Emisión de Activos Digitales, la Comisión Nacional de Activos Digitales (CNAD) ha aprobado más de USD 200.000 millones en emisiones de activos digitales y actualmente supervisa alrededor de USD 350.000 millones en activos, según el último informe de la entidad. Estas cifras posicionan al país como uno de los laboratorios regulatorios más ambiciosos del mundo en materia de tokenización, pero la aprobación regulatoria no garantiza automáticamente el apetito del mercado.
El principal obstáculo no ha sido tecnológico ni legal, sino financiero. Los productos tokenizados deben competir de frente con instrumentos tradicionales que ofrecen condiciones muy atractivas. El ejemplo más evidente, en un mercado como el salvadoreño, son los bonos soberanos. Si el Estado logró colocar deuda a tasas como 12% y luego 9,65% en 2024, cualquier producto nuevo —tokenizado o no— entra a un ring donde la tasa y la credibilidad pesan, y pesan mucho.
Ante esta realidad, muchas emisiones tokenizadas han recurrido a esquemas de “ingeniería financiera” para ganar atractivo: rendimientos escalonados, estructuras híbridas, colaterales adicionales o incentivos complementarios. En algunos casos, incluso se han añadido beneficios no financieros vinculados al proyecto subyacente. Esto no es un defecto moral; es un síntoma del mercado: la tokenización aún no vende sola, porque el inversionista sigue comprando el mismo binomio de siempre, riesgo y retorno.
La experiencia local ya dejó una lección temprana. La tokenización ya tuvo su prueba de fuego: la oferta de deuda para el hotel Hampton by Hilton cerca del aeropuerto no alcanzó el mínimo de colocación y quedó muy por debajo de su meta, evidenciando que el mercado exige más que innovación tecnológica.
Pero el mapa no es sólo de tropiezos. Para entender el reto real de competir con los productos de bolsa tradicional, conviene mirar también ejemplos donde la tokenización sí encontró encaje, aunque sea mediante colocaciones privadas o estructuras más “cercanas” al perfil del inversionista.
Uno de los casos más citados en El Salvador es COBODOSA, un complejo de bodegas industriales desarrollado por Burgo de Osma con apoyo de MIO3, que fue presentado por medios locales como un hito al utilizar fondos obtenidos mediante tokenización bajo la ley de activos digitales. Más allá del titular, el aprendizaje de mercado es claro: muchos proyectos con mejores resultados no nacen necesariamente de una oferta masiva al público, sino de colocaciones cerradas (club deals, rondas privadas, inversionistas ancla) donde el riesgo se entiende mejor, el horizonte es más largo y la narrativa está respaldada por una relación directa entre emisor e inversionista. En otras palabras: la tokenización puede funcionar, pero a menudo funciona primero en formatos “privados”, antes de aspirar a competir de lleno con el escaparate de la bolsa.
El segundo ejemplo es aún más relevante, porque muestra una estrategia distinta: tokenizar no para prometer retornos extraordinarios, sino para envolver un activo ya deseado por su estabilidad. En 2024, Nexbridge anunció una oferta regulada vinculada a letras del Tesoro de EE. UU. (T-Bills) —el producto USTBL— junto a Bitfinex Securities, como una forma de acercar exposición a “treasuries” mediante tokens bajo el marco salvadoreño.
En este enfoque, el “gancho” no es competir con el 12% local, sino atraer a inversionistas que valoran preservar capital, gestionar liquidez y diversificar con un subyacente de alta confianza. No es casual que la comunicación del proyecto apuntara a democratizar el acceso y reducir fricción de intermediarios. Y, como señal de tracción, el ecosistema difundió que se alcanzó un umbral inicial (“soft cap”) de USD 30 millones para este tipo de productos.
Por eso, el debate real no debería ser “tokenización sí o no”, sino qué se tokeniza y para quién. Si el objetivo es competir contra instrumentos soberanos de alto rendimiento, el token deberá justificar su existencia con una prima clara: mejor estructura de garantías, mayor claridad de flujos, mecanismos de salida, o un retorno neto que compense el riesgo percibido. Si, por el contrario, el objetivo es capturar demanda por estabilidad (como T-Bills) o financiar proyectos reales con inversionistas ancla (como ocurrió con varias colocaciones privadas), la tokenización puede jugar en una cancha más favorable.
El problema de fondo sigue siendo la liquidez. Los mercados tradicionales cuentan con décadas de profundidad y mecanismos de salida. Muchos mercados secundarios tokenizados aún son incipientes. Para el inversionista, la posibilidad de vender cuando lo necesita es tan importante como la tasa que recibe. Sin liquidez, incluso un rendimiento atractivo pierde valor.
El caso salvadoreño deja, entonces, una enseñanza clave: contar con un marco regulatorio sólido es apenas el primer paso. El verdadero desafío está en diseñar productos que entiendan al inversionista real. Mientras existan alternativas tradicionales con tasas del 12% o del 9,65%, los activos tokenizados deberán ofrecer algo más que tecnología: una propuesta financiera clara, creíble y competitiva.
Al final, la batalla no es entre blockchain y la bolsa tradicional. Es entre productos bien estructurados y productos que no lo están. Y en ese terreno, el mercado sigue siendo el juez más exigente.
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