Crecimiento a contracorriente: El éxito interno de México y Brasil

El escenario económico global del periodo actual se caracteriza por una paradoja que desafía las proyecciones más conservadoras de los […]

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El escenario económico global del periodo actual se caracteriza por una paradoja que desafía las proyecciones más conservadoras de los organismos financieros internacionales. Mientras las principales economías del norte implementan políticas de restricción comercial y barreras arancelarias, dos gigantes latinoamericanos han logrado mantener una dinámica de expansión que cuestiona la dependencia tradicional hacia los mercados externos. México y Brasil se encuentran en una etapa donde la resiliencia no es solo una capacidad de resistencia, sino una estrategia activa de adaptación ante un entorno exterior que se ha vuelto cada vez más impredecible. Este fenómeno invita a una reflexión profunda sobre cómo la solidez del mercado interno y la diversificación estratégica pueden blindar a una nación frente a las presiones geopolíticas.

La situación de México es particularmente reveladora debido a su proximidad geográfica y vinculación histórica con la economía estadounidense. Durante mucho tiempo se pensó que cualquier alteración en la política comercial de Washington tendría un efecto devastador inmediato en el territorio mexicano. Sin embargo, lo que se observa en la actualidad es la consolidación de un modelo basado en la seguridad de las cadenas de suministro. La inversión que llega al país ya no responde únicamente a la búsqueda de costos operativos reducidos, sino a la necesidad de las corporaciones globales de establecerse en entornos que ofrezcan estabilidad logística frente a la inestabilidad de las rutas transatlánticas o transpacíficas. Este enfoque ha permitido que la infraestructura manufacturera se fortalezca, creando un ecosistema industrial que trasciende la simple ensambladura para integrar procesos de mayor valor agregado.

Por otro lado, Brasil ha demostrado una capacidad notable para aprovechar su posición como potencia agroindustrial y energética. La estrategia brasileña ha consistido en una apertura inteligente hacia nuevos horizontes, reduciendo su exposición a las fluctuaciones de la demanda en Norteamérica. Al fortalecer sus vínculos con el continente asiático, Brasil no solo ha asegurado la salida de su producción a gran escala, sino que ha obtenido una ventaja en la negociación de precios internacionales. Esta diversificación ha actuado como un contrapeso efectivo que permite al país mantener niveles de exportación históricos, incluso cuando se levantan barreras en otros bloques comerciales. La energía y los alimentos se han convertido en activos de seguridad global que otorgan a la nación sudamericana una capacidad de maniobra diplomática y económica sin precedentes.

Uno de los factores más interesantes en este proceso es el fortalecimiento de la integración entre las economías del hemisferio sur. Ante el proteccionismo de las potencias tradicionales, los países en desarrollo han intensificado sus intercambios mutuos, creando un circuito comercial que depende menos de los centros financieros de antaño. Esta tendencia ha favorecido la creación de nuevos polos de desarrollo donde la tecnología aplicada a sectores como la minería o la banca permite competir en eficiencia con los estándares globales. La implementación de herramientas de inteligencia artificial y procesos automatizados en las industrias locales está cerrando la brecha de competitividad, permitiendo que las empresas de México y Brasil absorban el impacto de los gravámenes externos mediante una mayor productividad.

El mercado interno ha jugado un papel determinante en el mantenimiento del pleno empleo en ambas naciones. Una población con mayor capacidad de consumo y un acceso creciente a servicios financieros ha generado una demanda interna que sostiene a las pequeñas y medianas empresas, las cuales son las principales generadoras de puestos de trabajo. Cuando la demanda externa flaquea por causas políticas, el dinamismo doméstico actúa como un amortiguador que impide que la actividad económica se detenga. Esta fortaleza interna es el resultado de años de políticas enfocadas en la inclusión financiera y el fortalecimiento del poder adquisitivo, lo que hoy permite a estos países enfrentar la tormenta comercial desde una posición de mayor autonomía.

Sin embargo, el fenómeno presenta aristas contradictorias que merecen ser analizadas con objetividad. Resulta paradójico que la imposición de aranceles, diseñada para proteger la industria de un país, termine a menudo incentivando la profundización de los lazos con los vecinos que se pretende limitar. En el caso de la relación entre México y Estados Unidos, la interconexión de los procesos de fabricación es tan íntima que resulta casi imposible separar las cadenas de valor sin causar un daño mayor al propio sistema productivo que se intenta resguardar. Sectores estratégicos como el automotriz y el aeroespacial funcionan como un solo organismo que cruza fronteras; un impuesto en la aduana de un lado suele traducirse en un aumento de costos y pérdida de competitividad en las fábricas del otro lado. Esta dependencia inversa obliga a una negociación constante y a la búsqueda de exenciones que, en la práctica, neutralizan gran parte del discurso proteccionista.

Además, el encarecimiento de los productos debido a las barreras arancelarias genera un efecto en cadena que afecta directamente al consumidor final en las naciones que imponen tales medidas. Al elevarse los precios de los bienes básicos y componentes importados de Latinoamérica, el poder de compra de la población en los países desarrollados disminuye, lo que a su vez presiona a las empresas para buscar alternativas aún más integradas con sus proveedores regionales. Este ciclo termina beneficiando a las economías que poseen la infraestructura y la cercanía necesaria para suministrar esos bienes, validando la estrategia de crecimiento interno y eficiencia que México y Brasil han adoptado.

A pesar de la solidez mostrada, es necesario considerar un ángulo que introduce equilibrio en este análisis de éxito comercial. Existe la posibilidad de que este dinamismo basado en la sustitución de mercados y el fortalecimiento del consumo interno esté ocultando un riesgo de complacencia estructural. Al encontrar refugio en la demanda doméstica o en socios comerciales alternativos que exigen menos estándares de innovación tecnológica que los mercados del norte, estas economías podrían estar retrasando reformas profundas en su sistema educativo y de investigación científica. La resiliencia actual podría estar operando como un alivio temporal que reduce la urgencia de transitar hacia una economía plenamente basada en el conocimiento, donde la competitividad no dependa de la ubicación geográfica o de la abundancia de recursos naturales, sino de la creación de propiedad intelectual original. 

En este sentido, el crecimiento a contracorriente podría estar comprando tiempo político y estabilidad social inmediata a cambio de una mayor dificultad para liderar las industrias de vanguardia en las décadas venideras, sugiriendo que la verdadera victoria no es solo resistir las tormentas externas, sino aprovechar la calma interna para cambiar la estructura misma de la producción nacional.

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